Se Sabe Escuchar

Sin aviso, el flaco un día apareció en la puerta del Club Edison con una mesita, un frasco y un cartelito que decía ‘Se sabe escuchar’
Por dos semanas se sentó ahi desde la mañana a la noche, y entre los muchachos apostábamos por cuánto tiempo se iba a aguantar eso.
Pero un día vino uno de los pibes de la otra cuadra y nos dijo que Don Díaz, el viejo del almacén, le había dejado unas monedas en el frasco diciendole al flaco en el oído: ‘Anoche la puse otra vez.’
Nunca se comprobó que esto fuera cierto, pero lo que sí, es que de allí en más, fue como un virus. Cada día más y más gente se arrimaba al flaco y pasaba unos minutos sentada junto a él contándole lo que no tenían a quién contar. Y por supuesto, a todos les gusta ser escuchados.
La cola de gente alcanzó a extenderse por varias cuadras. De más está decir, que el flaco la empezó a juntar en pala.
Poco tiempo después alquiló un departamento en el centro, y empezó a llegar gente de afuera, personalidades, políticos, sacerdotes. La fama del flaco se expandía increiblemente rápido.
Todo el mundo parecía tener algo que decir, y la privacidad y confidencialidad que proveía el oído del flaco, era lo que más apreciaba su clientela.
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El Reflejo

Las primeras anomalías en mi reflejo que recuerdo haber notado fueron, por decirlo de alguna manera, muy sutiles.
Al principio me pareció percibirlas en la bombilla del mate, en un charquito de agua, en los anteojos de alguna persona con la que me cruzaba en la calle. Nada muy visible o alevoso, apenas una pequeña diferencia en el grado de inclinación de mi cabeza, la posición de alguno de los dedos o un mínimo retraso en el movimiento de mis cejas.
Estas discrepancias sólo las veía de reojo, definitivamente las sentía, pero enseguida descartaba la posibilidad como válida.

Con el tiempo, algunas se hicieron un tanto más perceptibles, como el hecho de alcanzar a ver mis ojos cerrados por un instante, o que un mechón de pelo cayera hacia el lado contrario justo antes de pasar el peine, pero éstas extrañas situaciones se sucedían poco antes de acostarme o al levantarme de la noche anterior, por lo que las atribuía principalmente al sueño y el cansancio.
Usualmente solían pasar tres o más días sin que algo de esto sucediera hasta que en medio de una cena con amigos, a veces en el trabajo o mirando una película en casa, al llevar la mano hacia un vaso de agua, el reflejo de ésta en el vidrio reaccionaba claramente un segundo más tarde con la velocidad necesaria para ponerse a la par de la realidad.
Te juro que cuando ésto pasaba,  se te enfriaba el alma en un segundo.
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