El Reflejo

Las primeras anomalías en mi reflejo que recuerdo haber notado fueron, por decirlo de alguna manera, muy sutiles.
Al principio me pareció percibirlas en la bombilla del mate, en un charquito de agua, en los anteojos de alguna persona con la que me cruzaba en la calle. Nada muy visible o alevoso, apenas una pequeña diferencia en el grado de inclinación de mi cabeza, la posición de alguno de los dedos o un mínimo retraso en el movimiento de mis cejas.
Estas discrepancias sólo las veía de reojo, definitivamente las sentía, pero enseguida descartaba la posibilidad como válida.

Con el tiempo, algunas se hicieron un tanto más perceptibles, como el hecho de alcanzar a ver mis ojos cerrados por un instante, o que un mechón de pelo cayera hacia el lado contrario justo antes de pasar el peine, pero éstas extrañas situaciones se sucedían poco antes de acostarme o al levantarme de la noche anterior, por lo que las atribuía principalmente al sueño y el cansancio.
Usualmente solían pasar tres o más días sin que algo de esto sucediera hasta que en medio de una cena con amigos, a veces en el trabajo o mirando una película en casa, al llevar la mano hacia un vaso de agua, el reflejo de ésta en el vidrio reaccionaba claramente un segundo más tarde con la velocidad necesaria para ponerse a la par de la realidad.
Te juro que cuando ésto pasaba,  se te enfriaba el alma en un segundo.

Si estaba con alguien en el momento en que uno de estos eventos ocurría, mi reacción era inmediatamente tratar de disimular el espanto de la mejor manera posible, sacudiendo una mano para espantar un mosquito inexistente o algo por el estilo.
Pero el terrible estado de nerviosismo del que quedaba preso era más que evidente y poco a poco mis allegados terminaron indefectiblemente preocupados por mi otrora excelente estado de salud.
Este hecho, por supuesto sólo terminó por alejarme gradualmente de ellos, dado que sus visitas se limitaban a excusas absurdas como pulóveres o cigarrillos extraviados, pero que siempre acababan en la confiscación de todo tipo de medicamentos que pudieran encontrarse en el departamento.
Sin embargo, y aunque éstas anomalías se hacían cada vez más frecuentes y notorias, yo intentaba autoconvencerme de que el trastorno en el comportamiento de mi reflexión se debía a cierto nivel de ansiedad o stress, lo que sumado a algún capricho de la luz proyectada en ese tipo de superficies, o la escasez de ella en algunos casos, provocaba que mi mente interpretara de manera errónea mi entorno y así me jugase una mala pasada tras otra.
Fue así que me fui acostumbrando a la idea de que todo ello no era más que una ilusión pasajera de la que finalmente me libraría de la misma forma en que ésta se había manifestado, y aprendí incluso a controlar mis sobresaltos ante las sorpresivas y anormales visiones.

Hasta ayer.

Por la mañana entré al baño, encendí la luz y abrí la canilla para lavarme los dientes, pero al levantar la vista, no había forma de pensar que lo que presenciaba era algún tipo de alucinación. Fue muy difícil dudar del hecho de que yo no estaba frente a mí en el espejo. Casi me quiebro una pierna cuando reculé y tropecé con el bidet en el momento que yo, y con ‘yo’ me refiero a mi reflejo, finalmente llegué a donde debía haber estado desde hacía varios segundos ya, agitado y poniéndome la camisa apresuradamente.
Me incorporé con esfuerzo después de haber gritado al menos otros diez segundos enteros como un enajenado, y mayor aún fue mi sorpresa cuando volví a verme, pero ahora con mi imagen comportándose como lo hace cualquier reflejo típico y ordinario en circunstancias normales.
Salí corriendo golpeándome con todo, y vi mi imagen otra vez desprendiéndose de mí en los vidrios de los cuadros y en las ventanas. No podía evitar tratar de alcanzar a mi reflejo, que parecía querer salir del departamento. Mi miedo era muy fuerte pero supongo que necesitaba entender qué cuernos era lo que estaba pasando.

Bajé los cinco pisos por las escaleras, por momentos tratando de alcanzarme, y por momentos casi sintiéndome arrastrado a ello, y al llegar a la calle, ésta mostraba una escena aún más aterradora, ya que las instancias de mi imagen se multiplicaban por doquier, en vidrieras, picaportes, en los paragolpes de los autos, y en el parabrisas del 134 que casi me pasa por encima.
Subí a él casi sin escuchar los insultos del hombre sentado al volante, obnubilado y aturdido, seguramente por el bocinazo, abriéndome camino entre los pibes de guardapolvo y albañiles transpirados, estirando el cuello para no perder de vista mi reflejo en las ventanillas, hasta la parte posterior del vehículo donde toqué el timbre, dos veces, desconociendo la razón de tan fugaz viaje.
Me vi en el espejo redondo y combado de la puerta trasera por un segundo, pero mi imagen se adelantó a descender y el coche arrancó mientras yo pisaba el primer escalón. El chofer había visto mi imagen reflejada en el espejo bajarse antes que yo, o mi distracción fue más larga de lo que yo pensaba?
Bajé trastabillando, casi haciéndome una auto-rinoplastía contra una columna y me ví en la vidriera de un telecentro, atándome los cordones de las zapatillas. Miré a mi alrededor buscando testigos pero otra vez era yo en el vidrio, con el rostro tenso y agarrándome la cabeza.
Corrí al primer kiosko que encontré y compré un atado de cigarrillos aunque hacía meses que lo había dejado, solté unos billetes en el mostrador, pedí fuego y salí de allí sin esperar el vuelto que me ofrecía el viejito que atendía, me senté en el cordón de la vereda y fumé dos cigarrillos al hilo casi sin abrir los ojos, con toda esa locura dándome vueltas en la cabeza.

Mareado por el tabaco comencé a caminar sin un rumbo determinado, mirando el suelo, sin prestar atención a mi alrededor y al llegar a la esquina me detuve cuando de pronto, lo entendí.
En ese instante supe que ya no iba a suceder nada más de esto, que todo ya había escapado a mi voluntad. Supe que en ese momento todo se había revertido como en un espejo, sin opción alguna de cambiar ese destino.
Inevitablemente supe que todo esto había sido el preludio de lo que ahora me tocaba en suerte, y era el haberme convertido en el reflejo de aquél que me observa desde atrás del cristal, aunque ciertamente también dudo, y pienso que sin antes haberlo sabido, siempre lo fui.

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