Operación Blattodea

-Muy bien, señores. El momento es ahora.
El mapa del objetivo fue desplegado en el piso metálico justo en el centro del círculo de hombres. Cruces en rojo marcaban los puntos estratégicos a cubrir.
-Mantenemos la formación hasta iniciado el ingreso. Roldán y yo tomaremos este punto. Pérez y Alvear éste otro. Funes y Baigorria, ustedes se encargarán del último. Queda claro?
Los hombres se miraron furtivamente entre ellos. Se podía sentir la adrenalina en el aire y más de uno tuvo problemas para tragar saliva antes de responder:
-Sí, Capitán Bermúdez.
-No podemos permitirnos errores. -continuó el capitán. -Y no voy a mentirles, señores, no será una tarea fácil.
Observó que las manos de Alvear temblaban un poco. Este se percató de la mirada inquisidora y las apoyó firmemente en los muslos.
-Confío en ustedes.
Era todo lo que quedaba por decir. Los seis hombres se levantaron, se cargaron el equipo en la espalda, se colocaron las máscaras y activaron los intercomunicadores. Las puertas blindadas de la camioneta se abrieron estruendosamente dejando entrar la luz enceguecedora del sol del mediodía y uno a uno saltaron de ella en dirección al restaurant sitiado.

El dueño del recinto estaba en la vereda y retrocedió dos pasos, intimidado por la actitud de los hombres iniciando el operativo frente a la puerta de entrada.
-Necesito que se retire. -Sentenció Bermúdez.
-No… no le parece demasiado? Me dijeron que eran una compañía seria… -Titubeó el sujeto.
-Nos tomamos el trabajo muy seriamente, si es a lo que se refiere. Usted quiere sacarse esa escoria de encima, verdad? Eso es lo que hacemos, y es lo que hacemos mejor. Le recomiendo ir a algún lugar seguro. -Bermúdez avanzó y se unió a sus hombres.
-Baigorria. -dio la orden con un movimiento de la cabeza y el uniformado de dispuso a derribar la puerta de una patada.
-Está abierto! -chilló el dueño del negocio, desesperado. Baigorria se acercó a la puerta vaivén y la empujó suavemente con una mano. Entraron.

Avanzaron en silencio unos pasos dándose indicaciones mediante señas. Analizaban cada sombra, cada textura, cada mantel y servilleta sobre las mesas.
Entonces un ruido.
La estática del intercomunicador de Funes precedió a las primeras palabras pronunciadas dentro del restaurant.
-Oyeron eso?
-Perdón, pero es que el café con leche a la mañana me hace mal…- se apresuró a decir Alvear.
-Desplieguen. -ordenó el Capitán. Se dividieron en los tres grupos designados y avanzaron a ocupar los puntos preestablecidos.
Alvear sintió una gota de sudor bajo la máscara recorriéndole la frente hasta el arco superciliar izquierdo. Parpadeó instintivamente.
-Pérez, tengo un mal presentimiento… -dijo claramente nervioso.
-Vamos, Alvear. Que no decaiga.
Se pararon de espaldas a la pared uno a cada lado de la puerta de la cocina del restaurant.
-Grupo dos en posición. -informó Pérez por el intercomunicador.
-Grupo uno listo. Informe su situación, grupo tres -dijo Bermúdez, ubicado junto a Roldán al tope de la escalera a la bodega.
-Grupo tres listo y aguardando órdenes, Capitán. -La voz de Funes era firme y decidida. Apenas podía contenerse de patear la puerta entreabierta del pasillo a los Toilettes.
-Prepárense a actuar, señores. Alisten sus rociadores, comenzamos el operativo. -ordenó Bermúdez.

Bajó los peldaños cuidadosamente seguido de cerca por Roldán. Las paredes de la bodega estaban cubiertas por anaqueles repletos de botellas. Bermúdez encendió la linterna y escaneó cada hueco con extrema velocidad y pericia. Roldán estaba admirado por el desempeño de su Capitán.
-Ud. sí que es groso. -elogió.
-Atento, Roldán. Pueden saltarnos encima al menor descuido.
Y como si hubiera invocado un conjuro, los parlantes en el interior de sus cascos amplificaron los gritos exasperados de Funes y Baigorria.
-Hicimos contacto! Hay más de… Dios, estamos rodeados!
-Contacto! Repito, hemos hecho contacto! La puta madre, no pueden ser tantas!! – y entre las maldiciones se oía también el rociar constante y enajenado de los hombres.
-Carajo. – pensó Bermúdez.
El caos estalló también en la cocina del restaurant. A los gritos de guerra de Pérez y Alvear se sumaban los ruidos de ollas desparramadas y platos rotos, resultado de la eufórica batalla que estaban librando.
-Pérez, no puedo con esto…
-A tu izquierda! Mierda, Alvear, no te distraigas!
-Pérez! No aguanto más! Es que el café con leche…
-Sin piedad, Alvear! Sin piedad, mierda!
-Basta de hablar de mierda, Pérez, por Dios! -la voz le temblaba y transpiraba cada vez más.
En los Toilettes las cucarachas no dejaban de brotar por cada una de las rejillas y la mitad de ellas volaban por todo el lugar.
Funes y Baigorria estaban de espaldas uno al otro y girando al tiempo que rociaban el insecticida en todas las direcciones tratando de esquivar las cucarachas que chocaban contra ellos incesantemente. Los tubos fluorescentes parecían parpadear.
El Capitán Bermúdez estaba a punto de correr escaleras arriba para dar apoyo a sus hombres pero de pronto Roldán estaba señalándolo entre balbuceos.
-Roldán…
-De… detrás suyo…
Giró rápidamente para ver cómo cientos de insectos brotaban entre las botellas del anaquel al que estaba dando la espalda.
No dudó un segundo en empezar a fumigar y las cucarachas caídas empezaban a formar una alfombra a sus pies.
-Roldán! Maldición, qué espera!
El interpelado comenzó a retroceder, abrumado por la situación que enfrentaba, mientras el capitán no daba tregua al rociador y al mismo tiempo pisaba toda blattodea que veía moverse en el suelo.
-Grupo dos y tres, informen situación! -gritó el capitán, totalmente colérico.
-El enemigo se ha reducido a un cincuento por ciento, pero siguen trayendo refuerzos y estamos agotando el veneno! -aulló Baigorria.
-Las probabilidades de éxito en la cocina son menos favorables que la mierda, capitán! -dijo Pérez.
-Basta de decir mierda, Pérez! -se oyó decir a  Alvear con la voz estrangulada.
-Último recurso, señores! Implementen último recurso! Y usted, Roldán… -el capitán giró para enfrentar a éste,  ya que parecía haber eliminado hasta el último de los invertebrados. -espero que tenga una buena explicación. -y golpeó con el talón el anaquel de donde había emergido la amenaza, evidentemente tratando de descargar un poco de su ira.
Roldán se quitó la máscara para hablar, pero quedó paralizado otra vez al ver que el anaquel caía atrapando al capitán contra el suelo.
-Salgamos de acá, Baigorria! – Funes había plantado el explosivo en la rejilla central del toilette de hombres fijando la detonación a veinte segundos. Corrieron hasta el salón comedor donde se encontraron con Pérez y Alvear.
-Ahora sí las vamos a hacer mierda. -aseguró Pérez sonriendo entre dientes. Alvear abrió la boca para hablar pero las explosiones lo interrumpieron. Cubiertos de polvo y restos de escombros se dirigieron a la bodega. Alvear caminaba con dficultad.
-Nunca más tomo café con leche a la mañana…

Roldán estaba en un rincón, los ojos clavados en una cucaracha frente a él, en el suelo.
-Ayúdeme a sacarme esto de encima, Roldán! Reaccione! -gritó Bermúdez entre botellas rotas y empapado de vino.
-Capitán… hay… una de ellas frente a mí… -la voz se le entrecortaba por la agitación, los escalofríos y palpitaciones.
-Es sólo una! Haga su trabajo y sáqueme esta cosa!
Vio que la cucaracha estaba quieta, pero algo estaba saliendo por su extremo posterior.
-Capitán… no puedo, creo que… Dios, es… está dando a luz! -quiso retroceder más y se aplastó todo lo posible contra el rincón.
-Pero, no… Maldita sea, se están reproduciendo, Roldán! Actúe antes de que sea tarde!
-No! No puedo matar a una criatura!
Los otros hombres llegaron a la bodega y contemplaron la escena anonadados.
-Roldán, último recurso! Es una orden, demonios!
Roldán cerró los ojos, levantó un pie y lo dejó caer sobre el insecto. Luego cayó de rodillas y rompió a llorar.
Funes, Baigorria y Pérez acudieron rápidamente a liberar a su capitán. Alvear trataba de disimular.

El dueño del local se acercó con preocupación a Bermúdez cuando estos salieron por la puerta principal.
-Escuché unas explosiones… qué carajo hicieron ahí adentro?
Bermúdez se abalanzó sobre él, amenazante. -Mida sus palabras, señor. Ud. no tiene idea del infierno por el que han pasado estos hombres, me oye? -le extendió un papel que sacó del bolsillo.
-Hemos terminado el trabajo y aquí tiene la factura. Puede enviar un cheque a la empresa. Muchas gracias.
Los fumigadores subieron al vehículo y se retiraron, mientras el propietario del restaurant veía el importe en el papel manchado con vino y sentía como si le estallara una vena en la cabeza.

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