Se cortó la luz.

Para variar, como todos los veranos, como para que no empecés a extrañar las noches de sábanas anegadas y la lengua de toalla por ningún momento. Se cortó la luz, y como si fuera poco, la que se cortó es tu fase.
Las luces de la calle están encendidas y los de la vereda de enfrente sí tienen luz, y eso que están todos enganchados.
Pero vos no, cuando te ofrecieron tirar un cable dijiste que no, porque sos un tipo honesto. No sería correcto, dijiste, pero los honestos en este país van muertos, vos lo sabés, pero qué le vas a hacer.
Vos te la comés, vos sos el único boludo que paga y aunque los de enfrente tengan luz y duerman fresquitos vos te convencés de que así dormís tranquilo, aunque no puedas dormir por el calor.
Y el infortunio de estar en un primer piso y ver que lo único que sube, si sube, es un tímido, ínfimo hilito de agua a la canilla, y que después de unos ruidos de gárgara intensa te estornuda ferozmente y te salpica de óxido marrón toda la panza sudada y ahora sí… te quedás sin agua. Así como así.
Sin agua y sin luz.
Y apenas son las once de la noche, y vos ya sabés que es un corte programado, de esos que duran apenas de doce a catorce horas, y que no hay escape. Qué va a haber.
Es martes y mañana tenés que laburar, le decís al espejo, entonces hay que bancársela, sumergirse cual galletita en una bañera de off y tratar de cerrar los ojos, aunque sea para no ver que el aire acondicionado está ahí, tranquilo, sonriendo, evidentemente burlándose en silencio de toda tu desahuciada persona.
Y te vas puteando bajito a la cama resignándote, para acostarte en el pedacito que queda porque tu mujer hace rato ya que está dormida y ni se enteró de lo que pasó.
Y mejor así, porque qué le vas a decir, vieja, se cortó la luz…dormite y no me jodas, más que eso no vas a conseguir, pensás.
Y por más que te sentís asfixiado te tapás la cara con la almohada porque es mucho más insoportable todavía, la luz de la calle que se vomita en toda la cama que el calor que vos sabés, recién empieza.
Te encomendás a Morfeo y a San Cloroformo por las dudas, y poco a poco notás que empieza a funcionar, que el cansancio empieza a remontar la carrera, mejor dormirse rápido antes de sufrir más, aunque tu mujer te respire en la nuca para ganar centímetros de colchón, por lo que calculás un codazo cortito. No muy efusivo, no, como para no despertarla, sólo como para poder recuperar un poco del terreno perdido y volvés a tratar de olvidarte un minuto del calor, un minuto es suficiente… medio minuto y empiezan los espasmos involuntarios de cuando empezás a aflojarte… veinte segundos cuando el correcaminos le saca la lengua al coyote…
Y entonces lo escuchás.
El sonido con más malicia acumulada en cada decibel del que se tenga noción alguna.
Un Stuka armado hasta los dientes que en un vuelo rasante pasa a escasos centímetros de tu oreja haciendo que el calor te caiga encima como un balde de agua… caliente, como el mismo infierno, que la luz de la calle te clave alfileres en los ojos vidriosos, y que tu mujer te diga entre dientes quedate quieto, dejame dormir.
Hacés un esfuerzo sobrehumano para reponerte del momento y escudriñás el aire dolorosamente buscando un rastro del díptero endemoniado con resultados nulos.
Vos sabés que lo del cerebro de mosquito es una falacia, que el tipo es más inteligente de lo que todos creen. Cómo se explica sino, que se esconda tan bien cuando lo estás buscando? Y que apenas te descuidás o mirás para otro lado, el chabón se está empachando con la sangre de tus tobillos mirándote de reojo?
Cerrás los ojos, esta vez boca arriba, con las manos prestas a dar el manotazo mortífero así te deje la marca de los cinco dedos por una semana. Qué te importa?
Volvés a escuchar el zumbido, pero esta vez se oye más lejano, y no podés precisar la ubicación del chupasangre.
Te despabilás de golpe. El tipo te está estudiando.
Es un vuelo de reconocimiento el que está haciendo el muy turro, te está midiendo, calculándote el peso para saber qué tiempo de reacción tenés.
De vez en cuando se acerca como para que lo escuches, y comprobar tu elasticidad de músculo.
No, vos sabés que el bicho está subestimado por el hombre. Lo sabés.
Entreabrís los ojos ahora, esperando que caiga en la trampa de la luz que entra por la ventana y ésta revele su perfil por un instante y casi se te escapa una sonrisa pensando en el factor sorpresa y el resultado…
Y de pronto el manotazo lo ligás vos.
Mirá si es jodido, no sabés cómo, pero la trampa te la jugó ese hijo de puta, debe haberla picado a tu mujer causando el acto reflejo que desencadenó en la cachetada que te dio dormida cuando menos lo esperabas.
Y no es que le de lo mismo cualquier tipo de sangre, ni a palos, no, vos sabés que lo hizo premeditadamente, que lo calculó al milímetro, que el tipo está jugando sucio, que te está desafiando y ni siquiera da la cara el atorrante. Ni hambre debe tener, te decís.
No hay insecticida, tabletita o aerosol que valga su precio, siempre habrá uno de estos guachos al acecho, revolcándose de la risa por tus estúpidos intentos de combatirlo.
Y éste lo está disfrutando en serio.
Ahora transpirás y no es sólo el calor, son los nervios, el veneno que te agarró lo que causa la catarata de sudor de tu frente, y te secás con la sábana, no vaya a ser que pierdas un segundo de vista el campo de batalla.
Esto ya se hizo personal.
Mirás por la ventana y ves unas luces allá, lejos. Se viene tormenta, pensás, vamos carajo, gritás para tus adentros, para que no se avive el tipo y emprenda la retirada antes de tiempo y te quite la posibilidad de disfrutar de la victoria.
Sabés que si refresca es ventaja para vos, que estos insectos de mierda se atontan con el frío y vos te podés movér mejor…
Te descuidaste. Bastó ese par de segundos que desviaste la mirada y te regodeaste de tu suerte para sentir el despiadado aguijonazo en el costado de la pantorrilla.
Puto! No te pudiste contener, tuviste que gritarle, porque cómo cuernos hizo para llegar desapercibido? Vino caminando, seguro, el forro vino caminando, atrincherándose en los pliegues de la sábana para dar el bayonetazo y encima no viste para dónde rajó.
Debe estar en un rincón oscuro mirándote, más vale, tapándose la boca para no reírse, la puta madre.
Dejás de rascarte compulsivamente cuando te das cuenta que ya no pica, que duele, y aflojás los dientes.
Estás sentado en la cama, cinco minutos, diez, tratando de calmarte un poco y ni noticias de tu enemigo. Sabe que lo estás esperando, que estás decidido a reventarlo, por eso no aparece… o se habrá ido?
Te habrá dejado con la vena hinchada dándose por satisfecho?
Los flashes de la tormenta están más cerca pero todavía no se escuchan truenos.
Se habrá dado cuenta de que si llueve tiene la guerra perdida?
Te amargás un poco por la posibilidad, pero así al menos vas a dormir un buen rato…
Bostezás y se te nublan los ojos, el sueño está volviendo, eso es bueno. Pero ese punto borroso en el aire se ve más grande…
Y no va que el hijo de mil putas te pega en medio del ojo, te sacudís como un epiléptico y el pie enredado en la sábana te hace caer de la cama dándote en la oreja con el marco de la ventana.
Rajás una puteada a los cuatro vientos y empiezan a ladrar los perros de enfrente, tu mujer te mira con odio y qué hacés, pelotudo, nada, nada, decís, pero así atontado por el golpe, ahora sentís el latigazo eléctrico desde el meñique del pie hasta el hombro cuando le diste de lleno a la pata de la cama y te caés de cara contra el placard y la reputa madre que te parió.
No lo podés creer, cómo puede ser, loco? No te puede ganar un bichito de mierda y te está ganando, te está atacando el orgullo y eso duele más que los golpes, carajo, te está ganando y no podés revertir la situación. Estás loco? Qué te pasa? grita tu mujer desde la pieza. Por qué mierda, dios, no se larga a llover de una vez?
Y de la canilla del baño sigue sin salir una gota de agua.
Buscás la linterna y el Raid, a este lo hacés bosta. No se la va a llevar de arriba, no señor. No vas a dormir hasta verlo hecho una mancha sucia en tus manos o en la pared, definitivamente no podés dormir después de todo esto.
Te despojás de toda ropa para que no interfiera en la cacería y volvés a la carga.
El haz de la linterna recorre todo oscuro recoveco que pueda albergar al demonio de seis patas y ésta yegua ya se durmió, cómo hace, te preguntás en silencio y entonces un trueno.
Ya estamos, ya estamos, sonreís con ojos desorbitados y continuás la búsqueda con renovadas fuerzas pero no está por ningún lado, no está, dónde mierda te metiste!
Tu mujer pega un salto y te mira, un relámpago te muestra ahí, en bolas, chorreando agua con la linterna en una mano y el insecticida en la otra, con la expresión propia de un enajenado, subido a una silla para mirar por encima del placard.
Vos estás drogado, dice, se levanta y empieza a vestirse.
No le hacés caso, callate, le decís, dejame escuchar, querés?
Y como un kamikaze japonés el mosquito se te mete en el oído aleteando con toda la fuerza de la que es capaz y empujando, empujando cada vez más adentro, y te caés a la mierda, claro, cómo no te vas a caer, apenas atinás a agarrarte de la manija del ropero y arrancás la puerta de cuajo, gritás como nunca gritaste en la vida y revoleás la puerta adonde sea rozando la cabeza de tu mujer y haciendo pedazos el velador de la mesita de luz.
Entre el zumbido que te aturde alcanzás a escuchar algo de un taxi y una dirección mientras das vueltas chocando contra las paredes y te clavás los vidrios en los pies. Estás perdiendo y es un hecho.
De golpe el sonido cesa. El bicho se escapó, se metió de nuevo en su búnker dejándote en bolas y a los gritos. Literalmente.
Ahora sí la escuchás a tu mujer que dice me voy de mi hermana y el portazo.
Y sentís ese olor característico de la lluvia, te llenás los pulmones y ves con regocijo el inicio del aguacero… ahora sí…
Ahora sí, gritás y te reís como un insano, sacando la cabeza por la ventana para sentir la lluvia mojar tu rostro desencajado y ves a tu mujer abajo que sube a un taxi.
Le gritás que espere, que ya lo tenés cocinado, que casi le ganás y vas corriendo a la puerta pero al llegar el auto ya se ha ido.
Ma sí, tomatelás y volvés a entrar con el terreno libre para desatar la carnicería.
A esto querías llegar, a este momento, ahora ese bicho malparido va a conocer quien sos, ah, sí, y das rienda suelta al animal interior rompiendo todo lo que pueda ocultar a esa basura alada y rociás sin aflojar el dedo toda la casa con el aerosol hasta vaciarlo por completo.
Caés de rodillas en el suelo y contemplás el fin de la feroz contienda, las manchas de tu sangre, los vidrios rotos, los muebles destruidos, el aire acondicionado arrancado de la pared y el televisor en llamas. Ahora estás feliz.
Pero no podés respirar, pensás que es la euforia, el placer de la victoria, pero de a poco entendés que es el insecticida en el aire, la puta madre, por lo que te levantás como podés y tratás de salir cuanto antes de allí.
Te duele el pecho y la garganta, los ojos arden y las piernas casi no responden. Con un tremendo esfuerzo llegás a la puerta abierta de la calle y tosiendo te incorporás ayudándote de una silla, la única que quedó en pie. Afuera por fin llueve a cántaros y se adivina el aire fresco de la madrugada.
Mientras mirás el cielo nublado adivinás las fracturas expuestas que te ocasionó la caída por la escalera, pero sabés que al despertar en el hospital, habrás dormido.
Y encima no vas a trabajar. Qué más querés?

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