Otra que un problema.

Apenas te vi supe que ibas a ser un problema.

Yo sé que la felicidad no existe. Nadie nunca jamás ha disfrutado de la dicha (propiamente dicha) en la vida y calculo que tampoco en la muerte. Pero como la mayoría, he tenido mis momentos felices.

Cabe decir pues, que yo era feliz.

Entonces, por qué tuviste que aparecer?
Por qué tuviste que bloquear mi campo visual ese día, tan arrogante en tu postura y sin embargo con esa sutil indiferencia que ahuyentaba toda posibilidad de dejar de mirarte?
Por qué Dios, Alá, Buda y toda la barra de risueños amigotes te pusieron en mi camino?

Definitivamente, ibas a ser un terrible problema.

Todos aquellos momentos no fueron felices, ya no. Cada uno de esos instantes fueron opacados, borrados de un burdo y vasto manotazo por el aberrante infierno en el que me sumió tu visión.
Por más que lo intento no puedo recordar cómo fue que llegué a mi hogar. Instinto, tal vez. Como el gato que uno abandona confiado a más de cincuenta kilómetros y al día siguiente nos está pidiendo comida y cariño mientras se refriega en el marco de la ventana que da al pasillo.

Porque eso es justo lo que me hiciste.

Descaradamente, sin previo aviso, me diste un palazo en el lomo, me metiste en una bolsa, me sacudiste el horizonte al punto de perder por completo el sentido y el control de esfínteres y sin más me arrojaste a mi suerte dejándome al norte de nada, aturdido y con las pupilas como platos.
Cómo iba a poder dormir esa noche? Y la siguiente?
Día tras día tu imagen estaba vívida, absoluta, inapelable en mi mente. No quise verte otra vez, pero a medida que transcurría el tiempo mi fuerza de voluntad fue menguando, probablemente por el abuso de psicofármacos no recetados que utilizaba para alejarte de mis pensamientos y pronto caí en la cuenta de que el momento era inevitable y cercano.

Otra que un problema.

Tuve que afrontar la situación. Decidí acabar con el dilema y salí a la calle.
No hubo necesidad de buscarte, mis pasos sabían con antelación dónde ir.
Enfrentarme a tu imagen trajo otra vez todo aquello del primer día, como un bisturí cortando el tendón de aquiles, tambaleándome junté todas mis fuerzas y te observé una vez más detrás del cristal.
Entré.

Treinta y seis cuotas carísimas tengo que pagar por ese televisor de 32 pulgadas… yo me meto en cada quilombo…

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